Corea del Norte ataca una isla de Corea del Sur


Es la primera vez desde el fin de la guerra, en 1953, que el régimen de Pyongyang bombardea áreas habitadas. Dos soldados surcoreanos mueren en la ofensiva contra unas maniobras militares.
Las imágenes eran espantosas, propias de una época que todo el mundo creía enterrada. Humo de pólvora, el destello de la artillería, casas consumidas por el fuego… En definitiva, caos absoluto. Sin tiempo para avisar a nadie, la península de Corea se asomó ayer durante una hora al abismo de 1950, año en que el Norte comunista emprendió un fulgurante ataque sobre el Sur capitalista que desembocó en tres años de guerra brutal.

“Las casas y las montañas están ardiendo y se está evacuando a la gente. Hay columnas de humo”, narraba a la cadena de televisión YTN, en pleno bombardeo, un testigo que aseguraba que la población civil estaba “aterrorizada”. El mismo pavor que recorre el espinazo de la acomodada Seúl, acostumbrada a vivir de espaldas a su vecino del Norte y hoy paralizada por el miedo a una guerra.

“La provocación puede ser considerada una invasión del territorio de Corea del Sur. En particular, atacar a civiles es algo intolerable, sobre todo cuando estamos suministrando [al Norte] ayuda humanitaria”, reaccionó el presidente surcoreano, Lee Myung-bak.

Lee no rompió el armisticio e incluso llamó a la “prudencia”, lo que tranquilizó a una taquicárdica comunidad internacional, pero el presidente elaboró su discurso más duro hasta la fecha. “Debemos responder con una acción unida de la Marina y las Fuerzas del Aire. Si vuelve a haber el más mínimo indicio, va a hacer falta una severa represalia para que Corea del Norte no vuelva a ser capaz de provocarnos otra vez”, dijo Lee tras un encuentro de urgencia con los ministros de Defensa, Exteriores y Reunificación, además de su jefe de Espionaje, en un búnker subterráneo ubicado en su residencia oficial.

El ataque del Norte fue esta vez más imprudente que nunca, pues en 60 años el régimen estalinista aún no había atacado a población civil. Aunque todo lo que rodea al país está envuelto en un halo de hermetismo, los expertos creen que podría tratarse de un golpe de efecto para reafirmar la autoridad de Kim Jong-un, hijo de Kim Jong-il y designado heredero de la única dinastía comunista de la historia, en un momento clave para consolidar su joven figura (tiene 28 años) en el seno de una cúpula dirigente casi octogenaria.

El ataque coincidió con las maniobras militares anuales que el ejército surcoreano realiza cerca de la zona bombardeada. “Al principio, Corea del Norte trató de alcanzar un acuerdo de paz a cambio de ser transparente sobre su política de enriquecimiento de uranio para ganar legitimidad internacional, pero fracasó considera el profesor Yang Mu-jin, experto en Corea del Norte. Entonces inició una segunda fase: la colisión militar. Quieren que el Sur sepa que Kim Jong-il aún está en plenas facultades, que no va a abandonar su política militar”.

“Hay un plan para apartar al ejército de Corea del Sur del Mar Amarillo”, estima el analista Song Dae-seoung, quien sostiene: “China es el país que más está presionando para que eso ocurra, y ayuda a Corea del Norte de forma secreta”. China y EEUU son los grandes interesados en el conflicto coreano, aunque por motivos distintos. Ambos países mostraron ayer su preocupación y aseguraron que un conflicto bélico sería “indeseable”.

Sin embargo, Corea vive hoy la situación más tensa en seis décadas, sobre todo porque el Norte ya gastó un importante comodín al hundir la corbeta Cheonan el pasado marzo, ataque en el que murieron 46 surcoreanos. Un hecho al que se une la revelación, el pasado fin de semana, de que Pyongyang tiene funcionando una ultramoderna red de centrifugadoras para enriquecer uranio. Se calcula que Kim Jong-il dispone de material fisible para construir entre seis y 12 bombas atómicas.

El ataque, el más grave en los casi 60 años de armisticio (firmado en 1953) entre los dos países, comenzó a las 14.24 horas (6.24 en la España peninsular). Más de 50 proyectiles de artillería (200, según la televisión surcoreana) lanzados por buques de guerra de Corea del Norte impactaron sobre la pequeña isla de Yeonpyeong, en el Mar Amarillo, al oeste de la península, a 12 kilómetros de la frontera entre los dos países y a sólo 80 del aeropuerto de Seúl.

La Marina surcoreana no tardó en contraatacar, lanzando 80 proyectiles K-9 autopropulsados y desplegando en el cielo varios cazas F-15 y F-16, lo que convirtió esta remota isla de 1.600 habitantes en una auténtica zona de guerra. Luego, sobrevino el silencio. Y Seúl anunció el balance de víctimas: dos soldados muertos, cinco heridos muy graves, otros 11 de carácter grave y cuatro civiles con lesiones, ninguna de ellas crítica.

Corea del Norte, por su parte, se enorgulleció de no haber sufrido ninguna baja, anunció la agencia de noticias oficial KCNA. Aunque, en realidad, los datos aportados por esta fuente, único portavoz del Gobierno de Kim Jong-il, siempre son de dudosa veracidad. Sin ir más lejos, ayer divulgó un comunicado asegurando que el intercambio de disparos había sido iniciado por el “invasor” ejército del Sur, y que las gloriosas fuerzas armadas del “Querido Líder” habían sabido repeler la provocación.

El comunicado fue aún más lejos, advirtiendo a Seúl de que Pyongyang responderá “sin piedad” si cualquier soldado surcoreano “traspasa un milímetro” la frontera.

Seúl evacuó a todos los civiles del lugar a lo largo de la tarde y cerró el transporte comercial entre la isla y la península. Ahora sólo se permite desembarcar a personal militar y a algunos equipos especiales. Antes de cerrar el tráfico marítimo, 23 equipos de emergencias y 90 bomberos accedieron a Yeonpyeong para comenzar las tareas de reconstrucción. Según las autoridades locales, la isla se encuentra en “estado de caos total” y padece “daños muy severos”, entre ellos la falta de suministro eléctrico y varios incendios.


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