El tesoro de Pisco


Pisco es una ciudad costanera del Perú. Allí, hace más de un siglo, durante la Guerra del Pacífico que enfrentó a Bolivia, Chile y Perú entre 1879 y 1883, cuatro mercenarios que servían al ejército peruano: un español (Diego Álvarez), un inglés (Lucas Barret), un norteamericano (Brown) y un irlandés (Killorain), se enteraron que en una iglesia de esa ciudad, los sacerdotes jesuitas eran custodios de un gran tesoro.

Aprovechando la confusión creada por el conflicto, y valiéndose de la amistad que hicieron con un cura llamado ‘Padre Mateo’ convencieron a los custodios de que pusieran a salvo las riquezas del templo, trasladándolas al puerto del Callao o Lima, ciudades más seguras que Pisco.

De hecho Álvarez y sus tres amigos se ofrecieron como guardianes del tesoro hasta que éste llegase sano y salvo a su destino.

La Iglesia de Pisco, Perú

Los sacerdotes llegaron a la embarcación con 14 toneladas de oro y varios cofres de joyas.

Una vez en alta mar, los mercenarios asesinaron a los frailes y a la tripulación del barco, apropiándose del tesoro y de la nave. Luego, tomaron rumbo a las Islas del Pacífico.

Cuando llegaron al Archipiélago de Tuamotu -un grupo de atolones coralinos-, desembarcaron y enterraron la mayor parte del tesoro junto a la laguna de uno de los atolones.

Islas del Pacífico, Archipiélago de Tuamotu

Álvarez dibujó un mapa pero no sabía el nombre del atolón en el que habían dejado el tesoro, por lo que avanzaron a la siguiente isla -que se llamaba Katiu– y preguntaron a un nativo el nombre del atolón que quedaba en la dirección que venían. El nativo les respondió que venían de “Pinaki”, y luego de esa valiosa información, Álvarez disparó contra el nativo ya que no querían testigos ni que los aborígenes fueran a curiosear y encontrar su tesoro. Luego tomaron rumbo a Australia.


Llegaron a tierra firme con una pequeña parte del tesoro y derrocharon el dinero a manos llenas, obviamente pronto acabaron con su fortuna. Decidieron entonces, dirigirse al norte australiano a trabajar en una mina de oro. Allí pensaban reunir el dinero suficiente para adquirir una embarcación y volver en busca del resto de su botín; pero el español Álvarez y el inglés Barret fueron asesinados en un altercado con los nativos, mientras que el norteamericano Brown y el irlandés Killorain acabaron en la cárcel a causa de una riña en la que mataron a un hombre. Fueron condenados a 20 años de prisión.

Brown murió cumpliendo su pena y sólo el irlandés se mantuvo con vida. Killorain salió viejo y enfermo de prisión y se convirtió en vagabundo.

En mayo de 1912, Charles Howe se encontraba en su casa cerca de Sidney. Era una noche de lluvia y alguien tocó a su puerta. Al abrir vio que era un vagabundo pidiendo algo que comer.

“Fue el hombre con el aspecto más triste y desgarrador que jamás había visto en mi vida” diría después Howe.

Alimentó al hombre, le dejó secar sus ropas y fue amable con él. Luego el vagabundo se marchó.

Cuatro meses más tarde Howe fue llamado al Hospital de Sidney. El viejo vagabundo de aquella noche quería hablar con él. Le dijo que su nombre era Killorain, le contó que hace mucho tiempo junto a tres marinos habían enterrado un gran tesoro, que había pasado la mayor parte de su vida en prisión, y que nunca pudieron recuperarlo. Le entregó el mapa que hizo Álvarez y le contó toda la historia del robo de Pisco. Al poco tiempo murió.

Howe vendió todo lo que tenía y zarpó para Tahití. Desde allí pasó inadvertido por los islotes hasta llegar al atolón Pinaki donde se quedó a vivir en febrero de 1913.

Atolón Pinaki

Después de 13 años de infructuosa búsqueda se dio cuenta de que se había equivocado de isla. Por fin, cerca del atolón de “Raraka“, localizó el tesoro. Extrajo una buena parte del botín y volvió a enterrarlo con la intención de regresar por el resto más adelante.

En 1932 Charles Howe regresó a Australia, y poco antes de emprender la nueva expedición que le iba a convertir en un hombre rico, desapareció de la faz de la tierra. Nunca más se volvió a saber de él.

Atolón de Raraka, donde Howe localizó el tesoro

Dos años después, otro aventurero que había conseguido apropiarse de los apuntes de Howe, incluido un plano que permitía localizar el tesoro, preparó otra expedición al atolón. Su nombre era George Hamilton y era un experto buceador.

Ya en la isla, comenzó las perforaciones en la laguna, en el lugar en donde dedujo estaría el tesoro, pero conforme ahondaba en el fondo de la laguna, las corrientes del lago volvían a cubrir de arena la fosa. Las condiciones de trabajo se hicieron muy difíciles. Al final, Hamilton abandonó la búsqueda.

Hace poco, en 1994 el recuerdo del tesoro seguía vivo. Un descendiente de Hamilton examinó la vieja documentación y dispuso una nueva visita a la isla del tesoro, que también fracasó.

Y ese no fue el último intento. Discovery Channel patrocinó una nueva expedición a la isla. La expedición fue suspendida antes de partir.

Búsqueda del tesoro en 1994


Se supone que el tesoro seguiría aún bajo las arenas de aquel perdido atolón polinesio. Quizá su destino no sea acabar en las manos de algún aventurero. Puede que quede enterrado para siempre.

Parecería que esta historia está marcada por alguna maldición, o como bien dicen por ahí, que los bienes mal habidos, el diablo se los lleva…

Fuentes:
Treasurestories.com
Oceantreasures.org
Desdelaterraza

Fuente:  sentado-frente-al-mundo.blogspot.com

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